jueves, 3 de septiembre de 2020

MIEDO Y FOBIA


En numerosas ocasiones solemos emplear los términos miedo y fobia como si fuesen sinónimos. No obstante, se trata de comportamientos diferenciados que a veces se confunden.

¿Qué es el miedo?

Es normal sentir cierta ansiedad ante situaciones cotidianas (por ejemplo: hablar en público, acudir a una entrevista de trabajo, ir al médico..). El miedo es adaptativo y nos ha ayudado como especie a sobrevivir a lo largo de los años. Sin miedo nos habríamos extinguido (¿qué les hubiera pasado a nuestros antepasados nómadas si se hubiesen acercado a los leones sin temor alguno?).


 

La mayoría de las personas presentamos miedo ante las mismas cosas (un bicho raro, un precipicio, una amenaza…) y podemos definirlo como una emoción primaria caracterizada por un sentimiento intenso, ya sea de desagrado o de rechazo, que en general es provocado por la percepción de un peligro. Es aprendido, absolutamente normal,  y puede ser controlado por la persona de alguna manera.



¿Y la fobia?

La fobia, por otra parte, es un trastorno. Se podría decir que es un tipo de miedo desadaptativo, que implica un malestar importante en la persona que lo sufre y conviene conocer sus características:

·         Miedo desproporcionado respecto al peligro de la situación, aceptándose como irracional.

·         La evitación de la la situación temida lleva a un deterioro en la calidad de vida de la persona que la padece, pues es posible que puedan producirse cambios importantes de rutina (si tenemos miedo a las serpientes nuestra vida sigue su curso normal, pero si tenemos agorafobia es posible que evitemos hacer la compra)

·         Persistente

·         NO se controla.

·         Síntomas físicos: La taquicardia o sudoración son reacciones normales ante objetos o situaciones que generan miedo. Sin embargo, este tipo de reacciones son desbordantes en los casos de fobias. Pueden aparecer, además, náuseas, dificultad para respirar, nervios, necesidad de salir huyendo, creencias de que la vida peligra… Y además, las estrategias para reducir los síntomas suelen generar un aumento de los mismos.

·         Diferencias interpersonales: Mientras los miedos suelen ser comunes, las fobias son más específicas de la persona.

Hay muchos tipos de fobias: claustrofobia, bibliofobia, aracnofobia, androfobia... y un largo etcétera.

 


¿Cuándo surgen las fobias?

Por lo general estos miedos comienzan a manifestarse en la infancia y adolescencia. Luego, con el paso del tiempo siguen desarrollándose a lo largo de la vida del paciente. No puede establecerse un único origen o  causa para todas las fobias; pero se sabe que ocasionalmente pueden tener un componente hereditario. También pueden ser inducidas por algunas personas del entorno (reacciones desproporcionadas ante algún estímulo, como la presencia de mariposas, arañas, etc,  ver el salvaje experimento del pequeño Albert)  o por situaciones traumáticas. A veces se pueden aparecer de forma progresiva (por ejemplo, una persona que cada vez que sube a un ascensor siente un poco de miedo que le produce sudoración, esa experiencia puede derivar en una fobia si el individuo se focaliza en ellos)

Tipos de fobias

En general podemos clasificar las fobias en tres grupos:

1.    Fobias específicas: En este caso hablamos de miedos irracionales frente a estímulos que no suelen producir efectos reales. Podemos poner el ejemplo de la fobia a las serpientes. Es natural que delante de una cobra se nos corte el cuerpo, pero quien padece fobia específica ante este reptil ni siquiera puede contemplar una fotografía de las mismas sin sentir la sintomatología asociada a los trastornos fóbicos.  Existen un sinfín de fobias específicas (miedo a los pinchazos, a conducir, al dentista, la claustrofobia, agorafobia, aracnofobia… )


 

2.    Fobias sociales:  Dependiendo del carácter introvertido o extrovertido de la persona se pueden tomar con mayor o menor comodidad los eventos y circunstancias en las que se hacen imprescindibles las relaciones sociales. Puede considerarse normal tener cierta timidez o sentir cierto nerviosismo cuando tenemos que hablar en público o acudir el primer día a nuestro nuevo lugar de trabajo. Por tanto, a raíz de sufrir estos síntomas no puede deducirse que el afectado sufra una fobia social. Por fobia social se entiende un trastorno que impide que las relaciones sociales del individuo se desarrollen de un modo normal, afectando, de este modo, a la vida cotidiana hasta tal punto que impida desarrollar el día a día con normalidad. El afectado por fobia social suele sentir rubor, sudoración, taquicardias… en situaciones en las que siente que puede ser juzgado. Debido a ella suele evitar las citas, fiestas, reuniones, entrevistas de trabajo… con las serias consecuencias que tales huídas pueden tener en el bienestar psicológico del paciente y de sus allegados.

3.    Fobias generalizadas: En las que el sujeto no necesita estímulos externos para sentir los síntomas de la fobia, más bien tiende a ver causas que le provocan malestar por cualquier lugar. Suelen estar muy presentes el miedo a la muerte a la pérdida de control.

¿Qué tipo de tratamiento suele emplearse para estos casos?

 El de elección suele ser de tipo cognitivo- conductual y se focaliza en enseñar a la persona a manejar su miedo mediante procedimientos de reinterpretación de los síntomas presentes, manejo de los pensamientos de excesiva preocupación, aprendizaje de respuestas de relajación y mejora de las respuestas de afrontamiento.

También se pueden utilizar fármacos complementarios al tratamiento psicológico, sobre todo para paliar la sintomatoligía fisiológica asociada a la ansiedad.

Es importante que se tenga en cuenta la necesidad de acudir a un especialista cuando algunos de estos síntomas se manifiesten.


 

sábado, 29 de agosto de 2020

VUELTA A LA RUTINA

 


A pesar de que el sol nos haya recargado las pilas y de que nuestro cuerpo y mente hayan gozado del merecido descanso, reponiéndose así las energías para volver a la rutina con ganas e ilusiones, a veces ocurre lo contrario y aparecen sensaciones de tristeza, apatía, falta de ganas de incorporarnos a nuestro trabajo o rutina diaria. A esta sintomatología se le conoce con el nombre de síndrome postvacacional, que no se trataría de una patología como tal, sino de un trastorno adaptativo.

 


SÍNTOMAS

Sus síntomas pueden variar, tanto en tipología como en intensidad, según la persona, su entorno y sus responsabilidades y obligaciones, aunque se distinguen de forma general los siguientes:

·         Bajo estado de ánimo

·         Decaimiento

·         Apatía

·         Ansiedad

·         Sensación de hastío

·         Percepción de falta de adaptación

 


Casi todas estas manifestaciones desaparecen a los dos o tres días, y no suelen durar más de dos o tres semanas. Si persisten durante más de un mes pueden desencadenar un trastorno de ansiedad generalizada o un estrés crónico. Ante esta situación lo mejor es consultar a un especialista.

 

¿QUIÉNES LO SUELEN PADECER?

 

Las personalidades más propensas, que no las únicas, a sufrir este síndrome son:

 

·         Personas planificadoras: pues suelen ser muy organizadas, puntuales y perfeccionistas, que asumen fácilmente responsabilidades, rasgos que pueden generar cierto agobio al tener que adaptarse a las exigencias del trabajo.

·         Personas con perfil negativista: pues en ellos suele aparecer la idea de que todo les va a ir mal y creen que no van a poder enfrentarse de nuevo a los requerimientos laborales.

·          Personas inseguras: para los que habitualmente cualquier circunstancia le provoca desconfianza y ansiedad.


ALGUNOS CONSEJOS

 

·         Intentar regresar a tu hogar varios días antes de la incorporación al trabajo. La vuelta de vacaciones el día antes de comenzar la jornada supone un cambio muy brusco de entorno que puede propiciar la aparición de los síntomas arriba comentados. Es conveniente ir adaptando la psique a adaptarse a la nueva rutina de forma lo más gradual posible.

·         Intentar mantener una alimentación equilibrada, incluso en días de vacaciones. De este modo estará nuestro cuerpo mejor preparado para la adaptación.

·         Realizar ejercicio físico. Gracias al cual liberaremos la ansiedad, proporcionaremos un mejor descanso y mantendremos un comportamiento disciplinado.

·         Adaptar los horarios a los habituales de forma suave y progresiva. Así la adaptación de los ritmos circadianos se realizará en el entorno vacacional, encontrándonos preparados para los requerimientos físicos de nuestro trabajo.

·         No sobrecargarse desde el primer día. Es importante que fijemos los objetivos y tareas a realizar y que distribuyamos en el tiempo su ejecución de modo que no nos veamos estresados desde el principio.

·         Intentar no llevar el trabajo a casa, al menos durante los primeros días.

·         Aprovechar el tiempo de ocio para hacer tareas agradables, como pasear con amigos o reunirse con familiares.

·         Practicar la relajación de forma regular, así ayudamos a eliminar pensamientos negativos.

·         Respetar las horas de sueño.